sábado, 24 de mayo de 2008

El sacrificio de orar desde la herejía


En la presentación de Moncloe Piscis de José Miguel Lecumberri en el Foro Alicia, no sólo hubo una muy buena tanda de música experimental a cargo del mismísimo Lecumberri, junto con Silverio Sandate, sino que tambén hubo posiciones encontradas, respecto al poemario Moncloe que ya se encuentra agotado. Aquí reproducimos el texto de Juan Carlos Abreu y en seguida el de Ricardo Guzmán Wolffer, quien dedica también un poema a Abreu, después de su intervención en el legendario Foro Alicia. También anexamos fotos del espectáculo.

*Texto leído por Juan Carlos Abreu y Abreu
Juan Carlos Abreu en la foto
Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito. Pues el hombre se ha encerrado en sí mismo hasta ver todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna. William Blake.
Preámbulo.
Con gusto he aceptado a participar en la presentación de ”Moncloe Piscis” de José Miguel Lecumberri, impulsado por dos poderosas razones: la primera es la gran amistad que me intima con el autor; la segunda, simple y sencillamente porque vale la pena hablar largo y tendido sobre la poesía de Lecumberri.
Para cumplir con el cometido, he orientado mi modesta disertación a partir de cuatro aspectos cardinales: el contexto, el texto, la esencia (aquello que hace que los versos de Lecuberri sean precisamente poesía y no otra cosa) y la sustancia (aquello que comparte versos de Lecumberri con la demás poesía, o sea, una misma esencia); a partir de estos cuadrantes, tiro mi escuadra sobre la plancha poética de Lecumberri, para entregarme a la tarea especulativa.

Música de Malak

Contexto.El día que se me acercó José Miguel para regalarme su nuevo libro de poesía, lo hizo con una extraña actitud: algo temeroso, con un dejo de vergüenza que se hacía por demás evidente en su ademán nervioso, indeciso (entre acercando y alejándolo de mi mano), tenía el gesto algo atribulado y pálido; ciertamente, me sabe crítico feroz, pero de las tantas veces que en la comunión de tertulianos habíamos compartido nuestros versos, era raro que no me lo ofreciera con la habitual frescura que caracteriza nuestra amistad.
Cuando por fin lo tuve entre mis manos, me encontré que el cuerpo del texto estaba como envuelto en un tríptico de tétrico negro, con una espectral portada; mi primera reacción fue preguntarle por qué había inhumado su poesía en un sarcófago; evadió cualquier cuestionamiento adicional pidiéndome que lo leyera y que lo platicáramos después.
Por cortesía observé la petición y me reservé para su posterior lectura mis enojos, los que únicamente se vieron amortiguados por la fraterna dedicatoria.
Di inicio a mi lectura, con la primera mortificación: un advenedizo prologuista en el innecesario y estéril derroche de tinta titulado “Todas las noches en duelo”, se deja ver como merolico callejero vendedor de baratijas; hace prestidigitaciones y malabares con una palabrería hueca, vacía, que no a ningún lado; como vulgar costurera fue entresacando retazos de versos para coserlos con ordinariez para cubrir sus impúdicas peroraciones baladíes; me permito citar:


“Hay que plantar profetas: pútrido, pétreo, Piscis-psíquico, plus preciosista, placentero y es(Pan)toso, preciso polvo bruñido, abre paso: palabra, piel, primavera, piedra, penumbra, pupila…”
Grotesco, sencillamente grotesco el turismo poético de la oblata que se ha atrevido a dejar esto en impreso, como si la poesía se tratara de ingeniosos palíndromos o trabalenguas de slogan publicitario; ¡vaya!, toda esta palabrería sólo digna de un mercenario, un pedigüeño de reconocimiento como escritos, un poetastro mendicante, un proxeneta de las letras; vuelvo a citar:
“No ha de entenderse Moncloe Piscis de José Miguel Lecumberri si se lee en la ruta de la convención moral de una poesía hogareña (sic). Se trata de un coleccionista de huesos, lóbrego como un higo amargo que envenena los sueños de los niños. He de decir que Lecumberri no escribe para niños. No esa clase de niños que mueren por un higo envenenado a falta de sueños.”
¿Habrá intuido siquiera este miope prologuista las profundas dimensiones de los versos de Lecumberri?, como aquél quien desde la playa por lo menos percibe los abismos oceánicos que se abrirán a sus pies de caminar unos cuantos metros más allá de la orilla. No.
Si acaso algo pudo equilibrar mi furia, son las claridosas palabras de Refugio Pereida en el “Sedimento del prólogo”, las traigo a colación:


Antonio Moreno quien también presentó el libro.

“El caos, la turbulencia, los bajos sentimientos y su música sórdida giran, giran tan abruptamente que pueden incluso llevarnos a creer en las mentiras que inventamos, a sufrir la desdicha del ángel despojado, a disfrutar las mieles de esplendor, a lograr lo casi imposible: la visita en los umbrales sagrados donde es permisible entablar una charla sin menosprecios con Dios o Satanás…”
¡HÁGASE LA LUZ!
Con diáfana claridad, la comentarista medrosamente se asoma al hecho de que estamos ante un texto poético, que se recrea en uno de los moumentos de las letras universales “El Paraíso perdido” de John Milton, que tiene la potencia de “Las bodas del cielo y el infierno” de William Blake, y la carga del “Inferno” de August Strindberg.
No pude contener la compulsiva maña de hojear el libro, y me encuentro un penoso carnaval de veneciano de sodomitas: falos, torsos, efebos empinados, transvertidos; en fin, imágenes tan distantes y disociadas de la fuerza viril que contienen los versos de Lecumberri, y la religiosa devoción a su mujer amada, Bertha, la musa eterna.

En la foto, Lecumberri.

Tomé el teléfono y luego de escuchar las frescas que le estaba profiriendo me invitó a asumir tolerancia volteriana y aceptar que a veces el autor está sujeto a caprichos editoriales, así que me sugirió olvidarme de lo demás y que leyera su poesía; así fue como hice de lado el contexto.
Texto.
La composición poética en Lecumberri responde tanto al oficio como a una lúcida inspiración que lo lleva a explorar los diversos rumbos que le marcan la brújula un intelecto ávido y voraz.
Aunque de naturaleza iconoclasta, lo mismo incursiona en antiguos escritos herméticos y alquímicos, que hurga en el psicoanálisis freudiano y los arquetipos de Jung, revisa y compara la mitología de todas las épocas, de Oriente, Occidente, Septentrión y Mediodía; reinterpreta la simbología medieval; de tal manera que no es curioso encontrar en sus versos alusiones que al neófito o al distraído, parecieran fuera de lugar; grave error, porque el poeta se vuelve geómetra moviendo el compás para surcar trazos estéticos y estilísticos bien delineados.
La amalgama de sentimientos, emociones, reflexiones filosóficas, construcciones intelectuales, abstracciones lógicas, construcciones ideológicas hacen de la poesía de Lecumberri un producto artístico integral, completo.
El poeta viaja por su interior, dialoga consigo mismo, se conflictúa y resuelve sus crisis; los mismo abandona toda esperanza de reconciliación con la existencia, y recurre al nihilismo, para encontrar límites y alcances de muerte, de la nada, del vacío, que al fin y al cabo llena con su potencial poético.


Recurre al erotismo, como encarnación del amor y el deseo, que nada tiene que ver con dormitorios cerrados, fidelidades controladas o escenas frígidas. Se eleva al Eros platónico que es enorme, es social, es filosófico, es político, es artístico, es un motor anímico que se plasma en bellas obras urbanas.
Traigo a colación a Gilles Deleuze quien sugiere que los revolucionarios, los artistas, los creadores saben que el deseo abraza la vida, con una potencia productiva de forma tan intensa que casi no queda lugar para ninguna necesidad.
Esencia (aquello que hace que los versos de Lecuberri sean precisamente poesía y no otra cosa)Con un verso rutilante, abre la puerta Lecumberri para emprender un viaje místico; cito:

“La noche surca el océano como una
garza lóbrega de humo. Adentro de esa matriz nutritiva,
preciosos resplandores delatan la presencia
de la vida. El ave inserta su afilado pico como un
florete de luz en la salada placenta y logra borrarle
un instante a la eternidad. Sobre eso han escrito
los poetas, sobre eso han fornicado los dioses.”

Esta frase teogónica resulta ser el punto de partida de un ritual iniciático; la concepción, propia de un mito original encierra el verdadero conocimiento de quien ha accedido a los augustos misterios; se recrea en la monita sagrada: “Generación, no creación”, sabiduría hermética condensada que proviene de las antiguas escuelas mistéricas.

En “El anticuario”, Lecumberri se reconcilia con las excursiones cabalísticas en las que había incursionado en el “El jardín de las nueces”

“…los doce nombre se pierden bajo mi lengua,…”

Luego, se remonta al origen de todo y enfrenta los dos grandes principios en pugna:

“…en batallas anteriores a la memoria del En-Sof, desmembrados por el lenguaje desgraciado de la abulia, acudiendo a un córdax como a un ritual sagrado; /beben el cianuro de las salivas de Luzbel; el anticuario repone sus sacramentos invertidos, juega con las lenguas de la muerte, se juega el mundo, deshebra el mundo, pues al fin él es el mundo.”

Nuevamente construye y deconstruye el universo a partir de una gran batalla, la primera batalla, la única batalla, la batalla final, la que se ha peleado desde la noche de los tiempos; donde los grandes demiurgos se enfrentan a través del arma más poderosa de la Creación: “el verbo”; así, incubos y súcubos, coros angélicos y demonios se enfrentan como en los grabados de Gustav Doré.


Y luego de la gran batalla, en la que el engendro de la Creación: el hombre, no fue ni será protagonista, es el destinatario del pecado, de la culpa, del destierro:
“…ahora el hombre es su única sombra, la desgarradura del vientre de su madre, el desengaño/como nacimiento…
pues ahora llorar no nos sirve de nada,/ como tampoco sirve guardar silencio…
Sólo hago antesala por una sombra que no es la mía,/una muerte que no sea la mía, un llanto tan agudo que pudiera sustituirme en el universo, sin que yo me dé cuenta,/ como si la Muerte cambiara papeles con la vida”.
“Los recreos de la amargura”, traslucen angustia y el dejo cáustico propio del bocado amargo del cálamo de Lecumberri; como escribiera Jacques Lacan: “Recién ahora los científicos empiezan a tener crisis de angustia…”, “Como la ciencia no tiene la menor idea de lo que hace, salvo cuando surge este ligero acceso de angustia…”; precisamente la angustia, y en última instancia el miedo son formas de poetizar, criterios límite de la existencia, que encuentran sublimación en el canto del bardo:

“Me basta saber que todo se arruina,
que los días cambiaron su forma de colocar el horizonte,
de distanciar nuestros cuerpos.
Me basta saber que los frutos se pudrieron
sin desprenderse de las ramas oscuras
donde el olvido juega al equilibrista.
Acarreo en mis pensamientos los gritos
donde el mar acaricia sus heridas de espuma
con las manos insensibles de los ahogados
y pienso y me asfixio,
pues en vano intenté reconstruir tu costado
donde anidó el aliento de una playa,
y los latidos de mi corazón aún resuenan como la leña
que es consumida por las oscuras llamas del abandono.”

Luego, uno de los versos más logrados de todo el texto, cito:

“Me duelo del cielo que no se cae nunca
a punto de caerse en cualquier momento
como un cendal sobre la memoria,
me duelo de tus labios, insomnio de los ángeles,
donde las palabras son el perfume que respira un otoño
que nunca ocurra, me duele tu nombre
que es lo único tuyo que llevo puesto
como una unción de bálsamo.”

y a poco nos regala otro verso divino:
“…a veces corres/detrás de las lágrimas como el tiempo corre detrás de la eternidad/ para no volver sobre los pasos y negarte que tuviste un camino…”

>Silverio Sandate y Lecumberri.


En “Dopo niente e piu lo stesso”, regresa a las andanzas cabalísticas; asume un papel protagónico y se vuelve ciego como la Casandra homérica o el Edipo mítico, es profeta que lanza una arenga:

“Hay que plantar profetas en el Huerto baldío,
/en la garganta seca de los ángeles,
para que nos vuelva a sacar lágrimas el llanto
/y repoblemos la noche con lunas y estrellas.”
Luego, reconstruye en estribillo la sentencia mosáica que pronunció el Altísimo en el Sinaí, y que convierte en oración herética:
(Yo soy el que no es)
Recurre a drama adonhirámico y consuma el misterio de la metempsicosis:


“…deposito mi cadáver, por adelantado,
/para que todos ustedes comprendan
que esto que llevo encima es algo distinto…
…soy la cripta vacía de ese poeta
que no se cansa nunca de morir.
Paladeo mi aliento adormecido y pastoso, lo sacudo
y en su interior deposito mi lengua salpicada de silencio.”

En ese silencio se ha perdido la palabra sagrada, nos condena a buscarla bajo una rama de acacia, bojo el influjo del Soma de los padres védicos, masticando hojas de laurel como las sacerdotisas del Peloponeso o en los caldos rituales de chamanes.
Ahora, arremete como el ángel más bello que ha sido desterrado, que ha perdido el Paraíso, como el Mefistófeles de Milton.

“Ya todos sabemos, sin necesidad de saberlo,
que los poetas son anticristos y antipáticos –saben mezclar los licores-
y perecen de inmediato, tras un breve lapso de muerte,
que reacomodan la ilusión de los prestidigitadores
-poetas inexactos-
hastiados de hastío, hastiados de la falta de hastío,
nada los llena, ni las monótonas parodias,
engarzadas en monturas de hierro,
/ sobre los dientes de la soledad
cansada de masticar los huesos inútiles de los vivos.”
Concluye:
“En la meditación, no claudiqué,
fortalecí el deseo, corrupto hasta el desengaño
hilo tembloroso mis pies, en los labios verdes del Paraíso.”

Estructuralmente, la poesía se vincula con el espacio sagrado (el centro del universo y soporte de concentración) a través de la meditación; esto, generalmente es representado como un círculo inscrito dentro de una forma cuadrangular. En la práctica, los yantra hindúes son lineales, mientras que los mándalas budistas son bastante figurativos. A partir de los ejes cardinales se suelen sectorizar las partes o regiones internas del círculo-mándala.

Por otra parte, la mayoría de las culturas posee configuraciones mandálicas o mandaloides, frecuentemente con intención espiritual: la mandorla (almendra) del arte cristiano medieval, ciertos laberintos en el pavimento de las iglesias góticas, los rosetones de vitral en las mismas iglesias; los diagramas de los indios Pueblo, etcétera.



Esta revisión del sentido de lo religioso, lo simbólico, lo místico, lo filosófico, queda rubricado en una breve, pero portentoso verso:

“Soñé con un mundo prodigioso,
sin cristos ni ideales. Un mundo
fantástico, donde los desiertos ocupaban
el lugar de los mares.”

Aquí, el poeta asume la paradoja y dialoga con la visión positivista; porque venera la verdadera esencia del maestro nazareno desde la apostasía y coquetea con la idea gnóstica de la dualidad que encierra la realidad del universo.

En este sentido que sus siguientes versos: “Canto a un dios maldito”, “Canto a un dios bendito”, “Abbadon el hermoso”, “Satanás” y “Die scheide von satan”, se convierten en un diálogo filosófico de las dualidades; cito desordenadamente:

“Todo procede de la misma Inercia
en ella emerge el tiempo…
El ojo que destila nuestras tinieblas
finge mostrarnos la Luz del mundo
cuando el devenir preciso de los extremos
nos parece un ser infinito…
Toda caída es suspensión
incluso de la palabra el sentido de este poema…
Somos el gran desagüe del Absoluto…
La sublime vibración de la esencia
de cualquier forma es imposible recuperar
obsequio o anatema
Su método la razón
su ciencia es el desencanto…”


Sustancia.

(aquello que comparte versos de Lecumberri con la demás poesía, o sea, una misma esencia);

Aunado a todo el componente esotérico, que brevemente hemos observado en la disertación previa; nos queda claro que nuestro poeta asume su genealogía, se sitúa como continuador de toda una tradición de la poesía mexicana del siglo pasado regodeándose en las reminiscencias de Tablada, Cuesta, Owen; no rehúye de los Contemporáneos: Villaurrutia, Torres Bodet, Pellicer, Novo, incluso los pone a dilagar con los Estridentistas y las demás vanguardias; pero sobre todo, no deja de presentarse humilde ante la trinidad de la poesía mexicana contemporánea: Paz, Becerra y Pacheco.

Basten sólo unas líneas de “Canto a Perséfone”:

“¡Frívola hechicera!
Sólo una cosa tuya hay que inspira temor...
Tu majestuosa belleza disipada
en este álgido socavón que el cauce del olvido agita,
como si fueras una hoja perfumada
llevando ríos a la deriva.”

SIT LUX


Texto leído por Ricardo Guzmán Wolffer en el Foro Alicia



En la foto, Wolffer.

Moncloe Piscis de Lecumberri

Lo leí con una sonrisa por el gusto de encontrar una poesía a mi medida
Son textos que el lector debe concluir. En ellos debe buscar qué es lo que no está escrito:

¿Medusa está contenta con el asalto de Perseo?
¿la amargura es felicidad cuando se asume?
¿hay más vida en lo que tiene el anticuario?
¿el poeta se llena al vaciarse?
¿un Dios puede ser maldito y bendito al mismo tiempo?
¿la carmelita era melancólica por eso no le importó la violación?
¿Prometeo se consuela con su condición o gusta de sufrir?
¿cómo serán las migajas que caen del vientre de Prometeo?

Lo leí con una sonrisa por el gusto de encontrar una poesía a mi medida
Algunos textos parecen caer en lo común, pero brota lo inesperado.
Lo leí con una sonrisa por el gusto de encontrar una poesía a mi medida
El arte gráfico no ilustra los textos: festeja la poyesis.
Lo leí con una sonrisa por el gusto de encontrar una poesía a mi medida
Leí con alegría, en mi lucha con el suaje poético que enmarca el papel.
Lo leí con una sonrisa por el gusto de encontrar una poesía a mi medida
Una vez más, constaté la calidad del proyecto VersoDestierro.
Lo leí con una sonrisa por el gusto de encontrar una poesía a mi medida

Me voy con una sonrisa por el gusto de encontrar una poesía a mi medida


Poema dedicado a Juan Carlos Abreu y Abreu.
(fe de erratas: este poema no fue dedicado a Juan Carlos Abreu y Abreu, fue una mala interpretación por parte de los editores. Una disculpa a Ricardo Guzmán Wolffer).

me cago en esos muy poetas
que se sienten muy estetas
nunca escriben de las tetas
sonarían proxenetas
si acaso fueran efebos
no les sonarían tan feos

con palabras domingueras
que suponen no esperas
pasan pronto del mandala
a torcer al ángel su ala
y la boca le engalana
la trilogía mexicana
se cree mejor que el Octavio
no se duda supersabio
lo imagina plagiándole
lo irónico quitándole
y a Pacheco que vive aún
lo supone como atún
muy fácil de superarlo
ni siquiera terminarlo
ni leer sus obras completas
pues para qué te molestas

como su rima es genial
su asonancia muy especial
su gran sarcasmo magistral

sin duda es un principal
las metáforas hace bien
cómo le brotan de la sien
si hace una hace cien
las hace dormido también

al presentar es figurín
hasta al autor hace pudín
y le encanta adornarse
culteranismos tronarse
del Ovidio apropiarse
contra todos topetearse
el micrófono le es grande
lo imagina como un glande
si lo toma no lo suelta
y le gusta darle vuelta
lo apachurra en su manita
le da una lengüeteadita

y luego vieras sus obras
de su ego son sólo sobras
francamente variopintas
más parece chupatintas
que aprendiz de literato
todavía le falta un rato
pero él no se da cuenta
cree estar listo para venta

si hoy no es él es ella
tan malita como bella

me cago en esos muy poetas
que se sienten muy estetas

Andrés, Victor y Adriana, por azares acabo de toparme con la página de versodestierro que habla de la presentacion del libro Moncloe Piscis de José Miguel Lecumberri en el Foro Alicia y con mucha sorpresa advierto que ahí refieren que escribí un poema dedicado a Juan Carlos Abreu y Abreu, sobre lo cual diversas personas escriben en mi contra y en favor de Abreu.

Me parece un error lamentable que hubieran puesto que escribí ese poema "dedicado" a Juan Carlos Abreu. En ninguna parte del envio del poema lo dice, ni lo puse en el propio texto. Si mi intención hubiera sido escribir algo especificamente sobre Juan CarlosAbreu lo habría incluido en el texto, poniendo su nombre y haciendo rimas especifícas sobre aquello que hubiera querido criticar o apoyar. Pero no es el caso. No tengo ningún problema con él, ni pretendo tener uno. Parece mentira que en la poesía suceda ese canibalismo infructuoso que se da en otras disciplinas. Aquí propiciado por un error lamentable, de buena fe, quiero creer.

En uso del más elemental derecho de réplica pido le envien este correo a Juan Carlos Abreu y se publique en la página deVerso destierro. Ya bastante difícil es publicar y publicitar la poesía en cualquiera de sus formas, como para que se hagan pugnas inexistentes e innecesarias, como la que aquí parece haber, sin ser así.

Agradezco los comentarios de los lectores que descalifican mis endechas, me queda claro que le faltan muchas cosas para ser presentados como sonetos o algo parecido, y comparto su indignación por lo que parece un ataque gratuito, pues ciertamente asílo parece el texto, que, insisto, no va dirigido a Juan Carlos Abreu,ni se lo "dediqué", ni me avisaron que sería incluido en una páginacon tales señalamientos. Si yo lo mandé a Versodestierro, fue pensando en que se pubilcara en la revista, como un reto al lector, como una muestra de autocrítica al lector y al poeta en general, como una forma de mostrar que la poesía es parte de quien la escribe, que es algo natural para los que escribimos poesía o creemos escribirla y que losresultados del trabajo no nos hacen "más o menos poetas": al final sólo somos personas escribiendo lo que nos gusta. Si mi intención hubiera sido tener un enfrentamiento con Juan Carlos Abreu, que no entiendo cuál podría ser la causa para ello, ni cómo lo entendieron así en Versodestierro, habría sido específico al respecto. De qué otra forma tendría sentido incluir en mi texto lo siguiente: si hoy no es él es ella tan malita como bella

Solicito reenvien este correo a Juan Carlos Abreu,de quien respeto y conozco su trabajo, pues incluso adquirí su publicación hecha por versodestierro, misma que conservo, y loagreguen en la página http://presentacionesversodestierro.blogspot.com/2008/05/el-sacrifio-de-orar-desde-la-hereja.html


Gracias. Ricardo Guzmán Wolffer

3 comentarios:

pk dijo...

muy buen texto.
y sí, buen libro.

Hugomaster dijo...

Señor Wolfer,

deberái de darle pena poner semejante basura para criticar a alguien, usted es quien no sabe ni "jota" de poesía, cómo se ostenta como creador si es incapaz de meter ritmo en un octasílavo, acaba usted de asesinar a las nueve musas, el orgullo de Juan Carlos puede ser inmenso, pero al menos tiene fundamentos. Debería de darle pena haber publicado semejante engendro y pero aún, ostentarse como su autor. La rima pobre, por demás, alguien debería de decirle a usted, esas siencillas reglas de prosodia, efectivamente supo contar hasta ocho, pero es no es métrica, ejemplo: "lo imagina plagiándole", son ocho sílabas, pero, pequeño detalle es esdrújula, por lo tanto se le resta una sílaba, quedando 7... y así un sin fin de ejemplos que nos dicen que usted no tiene el más mínimo oficio... Wolffer, háblale a los Tigres del Norte para que te enseñen a componer octasílabos, qué pena publicar a estos poetastros...
atte,

Hugo Barbosa

Fernanda dijo...

“Lo leí con una sonrisa por el gusto de encontrar una poesía a mi medida” a caso es la respuesta al salmo.
Si bien creo, ningún poeta es sastre, mucho menos costurera como para hacer poemas a la medida de nadie, es una pena encontrar personas con tan poco léxico y que vengan a hacer alarde de sus publicaciones cuando son nefastas, el tener orgullo, léxico (léxico se llama, no palabras domingueras por cierto) cultura, no hacen de nadie una persona peor, al contrario.
Es triste que se quiera defender lo indefendible con un poema tan patético, desgraciadamente para su fortuna existimos personas que si leemos y sabemos cuando algo tiene calidad o no, diferente a que nos guste o no, tristemente atacar a alguien con las uñas cuando ya no quedan argumentos, ofendiendo y hasta asumiendo cosas que no son solo demuestra la falta de objetividad, capacidad, racionalidad y lo más importante inteligencia.
Un placer como siempre leer a Juan Carlos Abreu y Abreu, desgraciadamente no puedo decir lo mismo de usted señor Wolffer.

Fernanda Ordoño Jaime